El sol, rabiosamente iluminado, llena las calles. Las aristas de los edificios proyectan sus sombras sobre las aceras haciendo más habitadas las soledades.
Contemplo por la ventana los tejados recién reconstruidos, las palomas busconas, las primeras risas infantiles que ocupan el silencio de la mañana. El café está subiendo como mis ganas al otro lado de la casa. Apenas tres minutos y estaré en la cocina con la taza entre mis manos y renaciendo como cada día. Mi mirada sigue tras la vidriera. Un hombre incierto eleva la voz horadando la mesura. La cafetera me ofrece su último aviso. La mirada regresa de la distracción. Ya no hay nadie y debo cortar el fuego.