martes, 16 de marzo de 2010

Mejor, me quedo en casa.

Entré en aquella escalera como el que comienza un viaje. En el primer piso el señor Manolo me sonrió con su dentadura postiza mientras su nieto aporreaba la puerta con el cazo pringado de Maicena . En el redaño un gato jugueteaba con el ficus de la Manuela, señora entradita en años que ceñía al delantal sus carnes más que aparentes. La luz vestía el segundo y la música huía de una de las viviendas en donde aún no sabemos quién vive. Silencio perpetuo en el tercero; las canas mantenían a sus habitantes refugiados en sus hogares. Aparentemente quedaban apenas treinta escalones, tan tranquillizadores como el Preludio de la siesta de un fauno. Un estruendo como del séptimo de caballería se me echaba encima. Anonadada me eché escaleras abajo a la velocidad del rayo temiendo que aquella estampida fuera a derribarme. Y entonces cuando apenas me quedaban los dos últimos escalones para llegar de nuevo al portal, observé como aparecía la mujer de la entreplanta y después su maromo, negro y fornido. Empapados en sudor, muertos de risa y como recién salidos de un naufragio desaparecieron tras su puerta. Y lo que más lamento es que tendré que volver a subir al cuarto piso.